Ella sale de casa con sus manos en los bolsillos de sus viejos jeans. La lluvia no le impide salir, al contrario; la impulsa aún más a continuar su viaje por las calles pavimentadas.
Gota tras gota y al poco tiempo ella ya estaba empapada.
Siete pasos más y al levantar la vista se encontró a una persona sentada en la banqueta.
Ella no mostró interés (aunque por dentro se llenaba de curiosidad). Cuando ella estaba a punto de dejarlo atrás con sus pasos...
-¿Te ha pasado? -Preguntó él.
-¿Disculpa? -Respondió.
-La vida. Las pérdidas. ¿Te ha pasado? Lo pregunto porque una chica normal no sale a caminar sola por las calles cuando llueve.
-¿Te encuentras bien? -Dijo ella evadiendo su comentario.
-¿Tienes tiempo? -Preguntó por caballerosidad.
-Seguro. -Afirmó.
Y así caminaron hasta el departamento de ella. Un silencio abundante confirmó la necesidad que ambos sentían por hablar.
El cielo ya anunciaba el anochecer con sus estrellas y su luna. Esta vez era diferente, las nubes no se mostraban tan egoístas como las noches anteriores. El cielo estaba despejado y la frescura del aire enchinaba la piel de aquellas víctimas del destino.
Ella lo invita a pasar sin pensar en lo desconocido que es para ella. Era una visita agradable después de todo.
-Toma asiento y espera aquí mientras voy por unos cuántos cobertores y un par de tazas de café. ¿O prefieres té? -Preguntó ella.
-Café está bien. No quiero causarte muchas molestias. -Replicó.
[...] Continuará.